FUENTE:
Lluís Goñalons

C84

23/03/2018

El PIB de la economía española crece a buen ritmo. Y lo seguirá haciendo por encima del 2,4% este 2018, según Antón Costas, catedrático de política económica. Costas valora que este incremento todavía es “incompleto”. ¿Por qué? No viene acompañado de mejoras salariales, que en gran medida son las encargadas de propulsar el principal motor de la economía: el consumo.

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“La debilidad en los salarios pone en riesgo la continuidad del crecimiento económico porque el consumo de las familias es el principal motor de nuestras economías”.
Antón Costas Catedrático de Política Económica en la Universidad de Barcelona.

Lluis Goñalons: ¿Cómo interpreta la marcha de nuestra economía?

Antón Costas: La economía espa­ñola crece bien y fuerte desde el 2014. Y lo seguirá haciendo este 2018. Si bien el consenso entre los economistas está en que a final de año va a crecer un 2,4%, mi pro­nóstico es algo más optimista.

¿Qué factores le invitan a pensar que la economía crecerá por enci­ma del consenso?

El sector privado y las exportacio­nes van a seguir impulsando el cre­cimiento de la economía española de forma intensa. Si viéramos la economía española como un avión, este tendría tres motores. El prin­cipal sería el sector privado (el consumo de las familias y la inver­sión empresarial), cuya gasolina es el consumo, que este año crecerá de forma intensa, un 2,4%. El pri­mer motor auxiliar de este avión sería la inversión pública. Y el otro serían las exportaciones, que este 2017 han funcionado de forma ex­traordinaria y lo va a seguir ha­ciendo en los próximos dos años en la medida que la economía eu­ropea, en particular, y la interna­cional, en general, sigan creciendo como hasta ahora.

El progreso económico. No viene con progreso social, subida de salarios y creación de empleo.

¿Qué variables pueden soplar en contra de esta tendencia positiva?

Al margen de que el petróleo se pueda encarecer –que hay que ver­lo– y que haya cierto cambio en la política monetaria europea con un consecuente aumento de los tipos de interés –que no lo espero para el 2018–, con el crecimiento actual la deuda pública es manejable y el dé­ficit, razonable. La situación econó­mica hoy es más favorable que los dos últimos años.

¿Qué ha cambiado en los últimos años?

En primer lugar, el crecimiento espa­ñol ya no se basa en el crédito. Se basa en los empleos y los salarios que, aunque no son altos, tiran del consumo y de la economía.

En segundo lugar, las familias se han desendeudado de una forma intensa y más rápida de lo que po­díamos prever hace unos años. A diferencia del crecimiento previo a la crisis, que tenía un talón de Aquiles –el alto déficit de la balanza por cuenta corriente y el déficit pú­blico–, hoy tenemos una economía que crece y mantiene el déficit pú­blico a niveles aceptables. Y, ade­más, en vez de tener déficit comer­cial exterior, tiene un extraordinario superávit por cuenta corriente, tanto en la balanza de bienes como en la de servicios –turísticos y no turísticos–.

Con el crecimiento actual la deuda pública es manejable y el déficit, razonable

¿Cree que estos son soportes sufi­cientes para que se mantenga el crecimiento de forma sólida y sostenible?

Este crecimiento es más sostenible que el crecimiento previo a la crisis del 2008, sin duda. Además, ya está apareciendo lo que llamamos el ‘efecto riqueza de las familias’; en la medida que las familias españolas son muy tenedoras de activos inmo­biliarios y los precios de los pisos suben, estas van a sentir un efecto riqueza. Este, junto con el resto de factores citados, van a sos­

tener un crecimiento de la economía española por encima del consenso, al menos en 2018 y 2019.

A nivel macroeconómico, las cifras son positivas. España crece a rit­mos cercanos al 3%. Pero a nivel micro, las familias no están notan­do este crecimiento. ¿Este es un fenómeno nuevo?

La recuperación que vivimos es dife­rente a las recuperaciones de la eco­nomía que vimos en la segunda mi­tad del siglo pasado. Antes, cuando la economía se recuperaba después de una recesión, el crecimiento del PIB venía acompañado de empleo y de subidas salariales. Es la llamada curva de Phillips –en la medida en que el desempleo se reduce, los sa­larios aumentan–. Pero esta recupe­ración de la economía española y europea que vivimos viene, en bue­na parte, sin progreso social. No trae, como antes, crecimientos de salarios o creación de empleo.

Pronóstico. Subirán los salarios después de unos años de moderación.

Este es un asunto que trasciende las fronteras españolas.

Sí. Esta es una preocupación del propio Banco Central Europeo (BCE), que en varias ocasiones ha manifes­tado su preocupación sobre este asunto. En julio salió un acta del BCE que venía a decir que el mayor riesgo para la sostenibilidad del crecimiento en el área del euro era la no recuperación de los salarios. Meses más tarde, la Comisión Euro­pea (CE), el pasado otoño, dijo que el crecimiento que había vuelto a las economías europeas era “incomple­to”. ¿Por qué? En el informe que emitió lo explicaba: no viene acom­pañado de aumentos salariales o lo que se llama ‘progreso social’.

¿Por qué debería corregirse con premura?

El consumo de las familias, que vie­ne en un 60% de los ingresos sala­riales, es el principal motor de nuestras economías. Por tanto, la debilidad en los salarios pone en riesgo la continuidad del crecimien­to económico. Es el efecto microeco­nómico de los salarios en el funcio­namiento macroeconómico de la economía. Igualmente, y puede ser un pronóstico atrevido, creo que su­birán los salarios este 2018 después de años de moderación salarial.

El gran reto. Reconciliar la economía de mercado con el progreso social y la democracia

En su último libro, ‘El final del des­concierto’, analiza el malestar so­cial y la indignación que ha surgi­do a partir del año 2010 y que ha traído detrás de sí el populismo político y con él la crisis de la de­mocracia liberal parlamentaria. ¿Cuáles cree que son los cambios que necesita el sistema para ase­gurar su sostenibilidad?

El gran reto que tiene nuestra socie­dad liberal es reconciliar la economía de mercado (capitalismo) con el pro­greso social y la democracia. En este sentido, creo que el principal proble­ma, que se puso de manifiesto en la última crisis financiera, es de tipo dis­tributivo. La economía española cre­ce bien, pero reparte mal. ¿Cómo reconstruimos este contrato social? La izquierda tiende a pensar que esto se puede hacer a través de mecanis­mos redistributivos –más impuestos y gastos sociales–. Mientras que la derecha opta por un mayor naciona­lismo y proteccionismo económico.

La ambición de crecer. Es necesaria para dejar de ser ‘liliputienses’.

¿Qué visión deberíamos aplicar?

Algo de todo esto habrá que hacer, pero fundamentalmente, tenemos que hacer que la economía vuelva a funcionar en el beneficio del bien común. Y en este sentido hay tres grandes retos:

  1. Estabilizar la economía y hacerla menos maníaco-depresiva. La eco­nomía española tiene ciclos fuertes de crecimiento en fases de euforia conseguidas de fases de depresión fuertes. Nos pasó en los años ochen­ta, cuando fuimos la economía que más creció y, cuando vino la crisis, la que más se desplomó con una fuerte pérdida de empleo. Cuando vino la recuperación a finales de los años ochenta volvimos a ser la eco­nomía que más creció. Este ciclo se repitió en las crisis de principios y fi­nales de los noventa e incluso en la del 2008. Fuimos la que más cayó y la que más empleo destruyó. Este tipo de ciclo tiene una víctima clara: los más pobres. ¿Por qué? En la fase de recesión los deja en la cuneta del desempleo y en la de crecimien­to queda más del 10% de la fuerza de trabajo sin empleo. Este asunto hoy está en manos de la máxima au­toridad monetaria: el BCE, que tiene que conseguir que la próxima crisis no tenga la profundidad del 2008.
  2. Mejorar la eficiencia de los mer­cados. Que la formación de precios de los bienes y servicios en España responda más a mecanismos de competencia. Especialmente en los bienes y servicios como la vivienda y los servicios complementarios a la vivienda (electricidad, gas, telefo­nía…). Estos precios no están basa­dos en competencia –en costes–. Son precios basados en lógicas de monopolio –la disposición a pagar de los hogares–. Y en la medida que son precios con lógica de monopolio sacan mucha renta disponible a los hogares más pobres.
  3. Buscar la competitividad bue­na. Nuestra competitividad tiene mucho de malo en la medida en que se basa en la reducción de los sala­rios. Y eso es malo para los trabaja­dores, para los hogares y para la economía. Debemos orientarla a la productividad, cuyos factores funda­mentales son:
  • Dejar de ser ‘liliputienses’. La di­mensión media de las empresas es demasiado pequeña para ser pro­ductiva. Si pudiésemos llegar a te­ner un tamaño medio similar al ita­liano o al alemán mejoraríamos la productividad. El crecimiento está en el ADN de un empresario. Un ejemplo: el empresario y expresi­dente de Gas Natural, Salvador Ga­barró (1935-2017), cuando era CEO de Roca Radiadores, compró a su principal competidor europeo, la suiza Keramik Laufen. Entonces, yo le pregunté: “¿Por qué com­pras?”. Él me respondió: “Cuando un empresario deja de pensar en crecer, deja de ser empresario y se convierte en gestor del negocio, que es una cosa muy honesta y digna, pero ya no es empresario. Además, si no creces no puedes mantener a tus mejores emplea­dos”. Necesitamos la ambición de crecer y dejar de ser liliputienses.
  • La calidad de la gestión empre­sarial. A menudo es un factor ol­vidado. Y, sin embargo, los estu­dios económicos destacan de forma muy clara que es un factor determinante para la mejora de la productividad de las empresas. En buena medida el modelo de gestión de la mayoría de empre­sas españolas es anacrónico, je­rárquico, poco colaborativo y, por todo ello, poco productivo.

Los objetivos sociales. Tienen que incorporarse en la gestión cotidiana.

¿Qué reto tienen que abordar en el corto plazo las empresas?

Deberían incorporar objetivos para llegar a ser una sociedad sostenible en su modelo de gestión empresarial. Este buen gobierno de las empresas que hasta ahora ha jugado un rol so­bre todo estético –ocupaba un lugar en la memoria corporativa, en la pá­gina web…–. Hoy, la Respownsabili­dad Social Corporativa (RSC), esos objetivos sociales cada vez más in­tensos, relacionados con el medio ambiente, el cambio climático, pero también con la propia sostenibilidad social, tienen que incorporarse en la gestión cotidiana. Esta exigencia ven­drá desde dos frentes: la sociedad y los nuevos fondos de inversión.

¿Qué recomendación haría a los empresarios?

Los empresarios tienen que ser ne­cesariamente personas optimistas. El psicólogo Daniel Kahneman, Pre­mio Nobel de Economía, asegura en su libro ‘Pensar rápido, pensar lento’ que “los optimistas se equivocan más, pero en la vida les va mejor”. Probablemente, en el mundo empre­sarial también ocurra lo mismo.

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