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Rafael Dezcallar | Diplomático y exembajador de España

Código 84 285 | Marzo 2026

La confrontación entre potencias, el aumento de los aranceles y la redefinición de alianzas comerciales complican el horizonte de Europa. Según el diplomático Rafael Dezcallar, solo una integración política y militar más fuerte permitirá afrontarlo. En este artículo, Dezcallar analiza el impacto de esta situación que, aunque plantea retos importantes, también abre la puerta a nuevas oportunidades.

Desorden mundial. “El entorno amable que durante décadas ha hecho posible la seguridad, la estabilidad y la prosperidad de Europa ha desaparecido”.

Los 4 cambios en el orden mundial

El orden mundial nacido en 1945 y 1989 está transformándose profundamente debido a cuatro cambios fundamentales.

  1. Ascenso de China como gran potencia. En 1976, cuando murió Mao Tse Tung, China tenía el 1,2% del PIB mundial; ahora concentra en torno al 18%. Esta subida tan rápida ha creado un actor global totalmente nuevo que ha alterado los equilibrios políticos mundiales con sus propios intereses y valores, muy diferentes a los occidentales.
  2. Invasión de Ucrania por parte de Rusia. La invasión de Ucrania por Rusia responde a varias causas profundas. Una de ellas es el deseo de reconstruir su antiguo espacio imperial. Además, el uso de la fuerza por parte de Estados Unidos en escenarios como Venezuela o Irán, así como el apoyo de Israel en Gaza, refuerza en Moscú la idea de legitimar una lógica similar en Ucrania. Rusia respalda el cambio de orden internacional promovido por China, ya que ambos comparten a EE. UU. como principal adversario. Sin embargo, su relación es compleja desde el siglo XIX, cuando Rusia ocupó territorio chino mediante un tratado desigual. Hoy, además, la economía rusa depende en gran medida de China como socio principal, lo que incomoda a Vladimir Putin, dado que antes la relación era más equilibrada.
  3. Llegada de Trump al poder. Donald Trump está cuestionando principios básicos del orden internacional establecido tras 1945 y 1989 –al final de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría–, especialmente el libre comercio. El fuerte aumento de aranceles y la consiguiente guerra comercial pueden perjudicar a EE. UU., al encarecer la vida, alimentar la inflación y el desempleo y, sobre todo, reducir la competitividad de sus empresas. La incertidumbre ha aumentado tras la decisión del Tribunal Supremo de revocar esos aranceles, lo que está debilitando la confianza en la economía estadounidense y presionando a la baja al dólar. Estados Unidos también ha empezado a utilizar la fuerza sin la autorización del Consejo de Seguridad. Lo había hecho ya anteriormente en Kosovo o Irak, pero ahora lo está haciendo de forma sistemática en Irán y en Venezuela e, incluso, amenazando a Dinamarca con el caso de Groenlandia. Finalmente, Estados Unidos se ha desentendido totalmente de la ayuda al desarrollo de los países más desfavorecidos, desmantelando prácticamente la USAID, que es su agencia de cooperación, y también del respeto a los derechos humanos.
  4. Creciente influencia de China en el Sur Global. Aumenta el resentimiento, en parte comprensible, por el dominio tradicional de EE. UU. y Europa en el sistema internacional. En ese contexto, China ha ampliado su presencia en el Sur Global mediante iniciativas como la de la Franja y la Ruta y la construcción de infraestructuras –puertos, carreteras y centrales eléctricas– en países en desarrollo, lo que le ha generado un amplio apoyo.
    Además, busca liderar los BRICS e impulsarlos como posible contrapeso del G7. Y para reforzar su influencia global se ha convertido en el principal socio comercial de 120 países, un papel que antes desempeñaba Estados Unidos.

Un mercado financiero europeo. “Enrico Letta y Mario Draghi han elaborado informes que proponen eliminar las barreras a la libre competencia que limitan el potencial del mercado único. Es necesario acabar con la fragmentación de los mercados de capitales”.

Ante este escenario, ¿qué pueden hacer España y Europa?

Nos enfrentamos a un escenario nuevo y no podemos hacer lo de siempre; tenemos que actuar de manera distinta. El entorno amable que durante décadas ha hecho posible la seguridad, la estabilidad y la prosperidad de Europa ha desaparecido. Europa debe actuar unida porque por separado ni España, ni Francia, ni Alemania pueden hacer nada frente a China o Estados Unidos.

  1. Terminar con la dependencia defensiva de Estados Unidos. La dependencia defensiva que Europa tiene respecto a EE. UU. viene desde el final de la Segunda Guerra Mundial y tenía sentido entonces: Europa estaba devastada, la Unión Soviética era un enemigo temible y necesitábamos el apoyo de Estados Unidos. Hoy, sin embargo, Europa parece atrapada en esa dependencia.
    Trump tiene razón al decir que debemos contribuir más a nuestra defensa y que no podemos seguir dependiendo de los recursos militares americanos. Es lógico que le interese pagar menos y que nosotros asumamos más; lo que debemos entender es que la dependencia militar genera dependencia política. Tenemos que ser capaces de defender nuestro propio modelo de sociedad, porque ya no podemos estar seguros de que Estados Unidos lo haga por nosotros. Tampoco tenemos derecho a exigir que otros nos defiendan. Europa es una región desarrollada y cuenta con algo valioso: un sistema democrático que busca el bienestar de sus ciudadanos y una mayor igualdad.
    Debemos reducir nuestra dependencia militar de Estados Unidos sin romper la alianza, porque compartimos valores y nos conviene seguir. ¿Cómo lograrlo? Gastando más en defensa, sí, pero sobre todo gastando mejor. No tiene sentido que cada país construya su propio aparato militar; hay que identificar las necesidades de Europa en conjunto, dividir responsabilidades y coordinar el gasto para optimizar recursos en beneficio de todos.
    Pero no basta con gastar más o mejor: de nada sirve tener aviones o tanques si no se utilizan dentro de una política coordinada. Eso requiere integración defensiva y política. Europa tiene el triple de población de Rusia, el triple de gasto militar y ocho veces más PIB, y aun así nos sentimos vulnerables frente a ella; está claro que algo estamos haciendo mal.
    Por separado no podremos enfrentarnos a las grandes potencias. La Unión Europea ya ha dado pasos en esta dirección: se ha incrementado el gasto en defensa, y es imprescindible que todos los países participen.
  2. Eliminar barreras a la integración económica. Las empresas europeas no son capaces de competir con las norteamericanas ni con las chinas en sectores clave como inteligencia artificial, semiconductores o nuevas energías. Dos exprimeros ministros italianos, Enrico Letta y Mario Draghi, han elaborado informes que proponen eliminar las barreras a la libre competencia que limitan el potencial del mercado único. Es necesario acabar con la fragmentación de los mercados de capitales y crear un mercado financiero europeo capaz de financiar empresas de la escala que necesitamos. Esa es la finalidad principal de los informes de Letta y Draghi: movilizar todos los recursos del mercado único que aún permanecen bloqueados por proteccionismos nacionales. Crear un mercado de capitales sólido es fundamental, al igual que fortalecer el capital riesgo, que en Europa es mucho más pequeño que en China, Estados Unidos, Corea del Sur o Israel. Este capital es esencial para que las startups prometedoras puedan crecer. En este escenario hablaremos de treguas, pero no de paz. En Oriente Medio, en Ucrania y en otros conflictos veremos ceses al fuego, pero sin soluciones reales. Veremos una congelación de las hostilidades, que no es lo mismo que una paz positiva. También es urgente construir un mercado unificado de energía con un marco regulatorio común y suficientes interconexiones, así como un mercado europeo de conectividad y telecomunicaciones.
  3. Desarrollar medidas para planificar a largo plazo. Si China planifica a 20 o 30 años y en Europa lo hacemos a 2 o 3 años debido a nuestros ciclos electorales, está claro quién va a ganar al final. Y por eso los partidos políticos en nuestros países deben ser capaces de llegar a acuerdos de Estado sobre grandes objetivos que estén por encima de los ciclos electorales.
  4. Implementar una política más eficaz hacia el Sur Global. Europa es el principal socio de África, su mayor inversor y donante de ayuda al desarrollo, pero allí todos miran a China. Necesitamos mejorar nuestra política hacia el continente.

Por su parte, Iberoamérica es la única región del Sur Global que comparte con Europa raíces culturales y valores políticos. En un mundo de ‘Putins’, ‘Trumps’ y ‘Xi Jinpings’, Europa e Iberoamérica se necesitan más que nunca. Por eso el acuerdo Mercosur-UE, aunque genera preocupaciones legítimas, tiene una importancia estratégica. Se han incluido salvaguardias significativas –como mecanismos de intervención ante caídas de precios o aumentos de importaciones, protecciones especiales para sectores sensibles y medidas contra desvíos comerciales fraudulentos– y compromisos de alineación en bienestar animal, seguridad alimentaria y condiciones laborales. El desafío será garantizar que estas medidas se cumplan. Pero se debe destacar que el acuerdo abre oportunidades únicas para fortalecer los lazos entre Europa y la región y ampliar mercados en un momento geopolítico crucial.

Finalmente, hay que reforzar nuestras relaciones con los países democráticos de Asia, como Japón, Corea del Sur o la ASEAN, porque ellos son los primeros que necesitan contrapesos al ascenso de China.

Nada está escrito, todo depende de lo bien que hagan unos las cosas y de lo bien que lo hagamos nosotros. Y depende de nosotros hacerlas bien.

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