FUENTE:
TDN | Tendencias de Negocio

Gustavo Núñez, Director General de España y Portugal de Nielsen

20/07/2017

De forma a la par prometedora e inquietante, nuestro presente empieza a semejarse al mundo que imaginaba George Orwell en “1984” o que nos presentaban películas de culto en el campo de la ciencia ficción como blade runner o matrix. La inteligencia artificial empieza a dictar nuestras decisiones y anticiparse a nuestros deseos. Los científicos nos dicen que en un futuro no muy lejano nuestro cuerpo estará lleno de microchips que nos dotarán de capacidades supra humanas, convirtiéndonos en semidioses. En ese futuro, si nadie lo remedia, nuestro compañero más leal será un robot y nosotros seremos cíborgs –mitad humanos, mitad tecnología-. O algo peor: seres inferiores, incompletos y limitados, desconectados del mundo. Nos los explica Kevin Warwick, profesor emérito de las universidades de Coventry y Redding (Reino Unido); un científico conocido a nivel mundial por ser el primer cíborg del mundo. ¡y el cerebro y el cuerpo de un cíborg –ahora lo sabemos- no tienen por qué estar en un mismo lugar!

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Kevin Warwick  Profesor emérito de las universidades de Coventry y Redding (Reino Unido); un científico conocido a nivel mundial por ser el primer cíborg del mundo

Gustavo Núñez. ¿Qué es exactamente un cíborg? 

Kevin Warwick. Un organismo cibernético, mitad humano y mitad máquina (tecnología). Si nos fijamos en el concepto  de cíborg que nos muestra la ciencia ficción, la  tecnología aparece integrada en el cuerpo. Llevar unas gafas especiales o una pierna artificial no nos convierte en un cíborg. El cíborg lleva microchips dentro de su cuerpo  y eso le da unas habilidades por encima de lo humano. 

GN. La tecnología ya está mejorando nuestra vida de mil formas maravillosas, ¿por qué meterla dentro de nuestro propio cuerpo? 

KW. Desde mi punto de vista, físicamente la tecnología nos permite mejorar por fuera: yo he volado hasta Barcelona y he usado la tecnología para ello. Sin embargo,  nuestro cerebro tiene un número limitado de neuronas con unas funciones también limitadas. Tomar un café de forma regular nos permite mejorar las funciones cerebrales, pero solo hasta cierto punto. Lo que sí podemos hacer es utilizar la tecnología externamente para mejorar la forma de trabajar de nuestro cerebro, tal y como hacemos con los ordenadores. No obstante, si integramos la tecnología dentro del cerebro las cosas cambian radicalmente, porque nuestro cerebro podría tener algunas de las capacidades de los ordenadores que por el momento no tiene. 

Los humanos sentimos el mundo de forma muy limitada, ya que solamente tenemos cinco sentidos. Si utilizamos una red tecnológica, como un ordenador, podemos llegar a sentir el mundo de formas muy distintas. Yo, por ejemplo, he percibido ultrasonidos, es decir, la forma en la que un murciélago siente el mundo, y es maravilloso.

GN. Exactamente, ¿qué tecnologías has llevado dentro de tu cuerpo y qué capacidades especiales te aportaron?

K.W. He tenido dos implantes tecnológicos en mis cuerpo. El primero fue un chip de radiofrecuencia de identificación (RFID). Me lo colocaron en el brazo y me identificarme en mi edificio. Es decir, el ordenador de mi edificio sabía quién era yo, dónde estaba y podía hacer cosas por mí. Iba andando por el pasillo y se encendían las luces; iba al laboratorio y la puerta se abría de forma automática; entraba por la puerta principal y me decía: “Hola, profesor Warwick”. Fue divertido mostrar lo que podía hacer la tecnología de identificación implantada en mi cuerpo.
El segundo implante que me colocaron constaba de cien electrodos implantados en mi sistema nervioso para conectarlo a un ordenador que a su vez estaba conectado a internet. Hicimos muchos experimentos con dicho implante. Por ejemplo, en la Columbia University (Nueva York) conectamos mi sistema nervioso a internet y lo enlazamos con un robot que se encontraba en el Reino Unido. Mis señales cerebrales controlaban aquel robot; fue como extender mi sistema nervioso por todo internet. Cuando el robot cogía un objeto con las manos, a mi cerebro le llegaban por internet señales que procedían de la punta de los dedos de la mano del robot y estimulaban mi sistema nervioso y mi cerebro, que estaba en Nueva York. Cuánta más presión ejercía la mano, mayores los impactos recibidos por mi cerebro. El cerebro y el cuerpo de un cíborg ya no tienen por qué estar en el mismo sitio. El cuerpo puede estar en un sitio y el cerebro en otro. Y esto abre unas posibilidades increíbles.

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