La tormenta estanflacionista
El mundo entra en una nueva fase de inestabilidad estructural. El inicio de 2026 combina tensiones geopolíticas en Oriente Próximo, disrupciones en energía y fertilizantes, efectos climáticos y un cambio en los patrones de consumo, configurando un entorno de menor crecimiento, inflación persistente y alta volatilidad de costes. En este análisis, los expertos de Afi destacan cómo la transmisión diferida de estos shocks está redefiniendo el sector agroalimentario.
Panorama global en reconfiguración
El inicio de 2026 ha estado marcado por un cambio relevante en el entorno geopolítico, macro y de mercados financieros a nivel global. La intensificación de las tensiones geopolíticas en Oriente Próximo, con especial protagonismo del conflicto en Irán y las disrupciones en el estrecho de Ormuz, ha reintroducido un factor de riesgo que parecía parcialmente contenido en los últimos años: el de un shock de oferta con implicaciones globales.
A diferencia de episodios anteriores, su impacto no se limita al mercado energético, sino que se extiende a toda la cadena de insumos críticos, afectando de forma directa al sector agroalimentario y, en particular, a segmentos como las frutas y las hortalizas.
Macro en clave estanflacionista
En términos macroeconómicos este nuevo contexto se traduce en una combinación compleja de menor crecimiento y mayor inflación, es decir, el escenario en el que nos introducimos tiene un marcado componente estanflacionista. La economía europea, que ya mostraba señales de debilidad antes del estallido del conflicto, se enfrenta ahora a un deterioro adicional de su perfil cíclico, mientras que las presiones inflacionistas vuelven a ganar protagonismo.
En España, aunque el crecimiento mantiene una cierta resiliencia relativa frente a otras economías de la zona euro, el impacto del encarecimiento energético y la incertidumbre global se dejará sentir en el comportamiento de los hogares y las empresas, especialmente a través de la pérdida de poder adquisitivo y el deterioro de las expectativas.
El sector agroalimentario. "Su carácter esencial amortigua la caída de la demanda, aunque se observa un desplazamiento hacia productos más básicos y de menor valor añadido”.
Consumo bajo presión
Este entorno macro tiene implicaciones particularmente relevantes para el consumo. En los primeros meses del año se observa una cierta moderación de la demanda, concentrada sobre todo en el componente de consumo privado, que tiende a ajustarse con rapidez ante la pérdida de capacidad adquisitiva. Sin embargo, el sector agroalimentario presenta una especificidad clave: su carácter esencial limita la caída de la demanda en términos agregados, pero no evita cambios en su composición.
El consumidor responde al encarecimiento de los precios ajustando su cesta de la compra, desplazándose hacia productos más básicos o de menor valor añadido, lo que introduce una presión adicional sobre los márgenes de los productores.
Costes que llegan con retraso
En este contexto, el principal canal de transmisión del shock geopolítico al sector agroalimentario no es directo, sino que opera a través de los costes de producción. La disrupción en Oriente Próximo afecta de forma significativa a la oferta global de fertilizantes y sus componentes básicos, como el amoníaco, la urea o el azufre, cuya producción y comercio están fuertemente concentrados en la región.
El resultado ha sido un aumento sustancial de los precios de estos insumos, que se sitúan en niveles elevados en comparación con los estándares recientes. Este encarecimiento responde tanto a restricciones físicas en el suministro como al incremento de los costes energéticos, especialmente del gas natural, que constituye un input fundamental en la producción de fertilizantes nitrogenados.
LA TORMENTA ESTANFLACIONISTA
Nos adentramos en un contexto de menor crecimiento y mayor inflación con:
1. Moderación de la demanda.
2. Subida de los costes de producción.
3. Aumento de los precios.



